Acabo de hablar con un amigo que ha estado en la selva durante cuatro largos meses. Organizó su viaje buscando participar, de forma desinteresada, en un proyecto de recuperación de “animales salvajes”. Animales desvalidos de nuestro tiempo, la mayoría desubicados por las necesidades y el poder del ser humano. Irse a un país donde poder ayudar en lo que sea necesario es una cosa que suele hacer a menudo mi amigo, una o dos veces al año. Es una de esas almas altruistas, inquietas por el futuro de nuestro maltrecho planeta, deseoso de paliar un poco el sufrimiento moral que le inflige, muchas veces por mero “run-run” de la cotidianeidad de la vida, nuestra malhumorada y despechada civilización. Una de esas personas necesarias a nuestras futuras generaciones, inmersas sin quererlo en una sociedad sujeta a la inmediatez del éxito.
Pero me ha dicho que había vuelto cansado, decepcionado, incluso confundido, con la sensación de que las buenas intenciones no han sido suficientes para conseguir el objetivo que al comienzo de su aventura había previsto. Al decirme esto pienso en el tipo de persona que es. No es un hombre solitario, es un ser sociable que se relaciona bien con sus vecinos, tiene amigos, tampoco es una persona que busque objetivos inalcanzables de utópicas libertades de eterno adolescente. Casado, tiene una profesión que ama y aunque esta sea liberal, es decir no le exige una atención permanente los 365 días del año, le proporciona la sensatez necesaria para tener los pies en el suelo. La decisión de sus viajes los toma conjuntamente con su mujer y los realizan juntos. Intuyo que si no consiguió el objetivo deseado, es porque éste debía de pertenecer más a otro mundo que a éste, porque de otro modo pocos son los retos de este mundo que no podría acometer un hombre activo y positivo como él. Deambulamos juntos por los pasillos del supermercado en el que por casualidad nos hemos encontrado mientras llenamos los carritos de comida envasada.
Me habla de la reserva, donde habían decidido, prestar sus servicios. Propiedad de alguien con dinero y cierta conciencia ecológica, que había comprado un pedazo de la selva de Centroamérica para salvar los árboles y la fauna que en ella habita, de la avaricia de las motosierras y las multinacionales que van arrasando los bosques y selvas de nuestro planeta. Dice, era, porque, desde el comienzo de su creación, la reserva parece que tenia fecha de caducidad, una de esas iniciativas privadas con más intereses económicos que sociales, y al decirlo su voz se tiñe de cierta emoción y añoranza. Ahora mismo no sé si la emoción nace de la sensación de alguien que ha perdido algo importante en su vida, o si es por lo que moralmente puede suponer esa desaparición para el conjunto de nuestro mundo y nuestras especies, una nueva derrota. Lo miro de frente y descubro en su cara redonda una mirada cansada. Además, sigue explicándome, según fue pasando el tiempo surgieron los problemas físicos derivados del clima tan húmedo que reina en la selva, y que en él se tradujeron en un constante dolor de las articulaciones, que lo dejaba muy a menudo agotado. Finalmente me confiesa, una mona que estaba entre los animales en recuperación sirvió involuntariamente de catalizador para el resto de la estancia. Sin quererlo descubrí lo difícil que puede ser la convivencia entre humanos, con la interposición de animales enfermos y dañados, dice, las situaciones que se vivieron en la relación con la mona, entre los responsables del centro y mi forma de entender esta relación, fueron bastante desagradables y las viví bastante mal. Así, pasados cuatro meses, y aunque nuestra primera intención había sido de quedarnos más tiempo, harto ya de tanto sufrimiento físico y moral decidí que ya era tiempo de regresar a mi hábitat natural, la civilización.
Os lo explico como él me lo explicó a mí, porque me pareció una extraordinaria aventura. Una aventura donde el héroe parece que regresó derrotado, pero creo que la realidad siempre nos deja más cadáveres de héroes derrotados y villanos victoriosos que al revés. Ya en mi camino de regreso a casa, reflexionando sobre lo que me había contado mi amigo, mi cabeza no paraba de darle vueltas a una pregunta ¿Que mueve a ciertas personas a embarcase incondicionalmente en aventuras altruistas? ¿Quizás la generosidad? ¿El deseo de ponerse a prueba frente a grandes y heroicos retos?
JMJ
27 de Mayo de 2010
Pero me ha dicho que había vuelto cansado, decepcionado, incluso confundido, con la sensación de que las buenas intenciones no han sido suficientes para conseguir el objetivo que al comienzo de su aventura había previsto. Al decirme esto pienso en el tipo de persona que es. No es un hombre solitario, es un ser sociable que se relaciona bien con sus vecinos, tiene amigos, tampoco es una persona que busque objetivos inalcanzables de utópicas libertades de eterno adolescente. Casado, tiene una profesión que ama y aunque esta sea liberal, es decir no le exige una atención permanente los 365 días del año, le proporciona la sensatez necesaria para tener los pies en el suelo. La decisión de sus viajes los toma conjuntamente con su mujer y los realizan juntos. Intuyo que si no consiguió el objetivo deseado, es porque éste debía de pertenecer más a otro mundo que a éste, porque de otro modo pocos son los retos de este mundo que no podría acometer un hombre activo y positivo como él. Deambulamos juntos por los pasillos del supermercado en el que por casualidad nos hemos encontrado mientras llenamos los carritos de comida envasada.
Me habla de la reserva, donde habían decidido, prestar sus servicios. Propiedad de alguien con dinero y cierta conciencia ecológica, que había comprado un pedazo de la selva de Centroamérica para salvar los árboles y la fauna que en ella habita, de la avaricia de las motosierras y las multinacionales que van arrasando los bosques y selvas de nuestro planeta. Dice, era, porque, desde el comienzo de su creación, la reserva parece que tenia fecha de caducidad, una de esas iniciativas privadas con más intereses económicos que sociales, y al decirlo su voz se tiñe de cierta emoción y añoranza. Ahora mismo no sé si la emoción nace de la sensación de alguien que ha perdido algo importante en su vida, o si es por lo que moralmente puede suponer esa desaparición para el conjunto de nuestro mundo y nuestras especies, una nueva derrota. Lo miro de frente y descubro en su cara redonda una mirada cansada. Además, sigue explicándome, según fue pasando el tiempo surgieron los problemas físicos derivados del clima tan húmedo que reina en la selva, y que en él se tradujeron en un constante dolor de las articulaciones, que lo dejaba muy a menudo agotado. Finalmente me confiesa, una mona que estaba entre los animales en recuperación sirvió involuntariamente de catalizador para el resto de la estancia. Sin quererlo descubrí lo difícil que puede ser la convivencia entre humanos, con la interposición de animales enfermos y dañados, dice, las situaciones que se vivieron en la relación con la mona, entre los responsables del centro y mi forma de entender esta relación, fueron bastante desagradables y las viví bastante mal. Así, pasados cuatro meses, y aunque nuestra primera intención había sido de quedarnos más tiempo, harto ya de tanto sufrimiento físico y moral decidí que ya era tiempo de regresar a mi hábitat natural, la civilización.
Os lo explico como él me lo explicó a mí, porque me pareció una extraordinaria aventura. Una aventura donde el héroe parece que regresó derrotado, pero creo que la realidad siempre nos deja más cadáveres de héroes derrotados y villanos victoriosos que al revés. Ya en mi camino de regreso a casa, reflexionando sobre lo que me había contado mi amigo, mi cabeza no paraba de darle vueltas a una pregunta ¿Que mueve a ciertas personas a embarcase incondicionalmente en aventuras altruistas? ¿Quizás la generosidad? ¿El deseo de ponerse a prueba frente a grandes y heroicos retos?
JMJ
27 de Mayo de 2010