Acabo de terminar un pequeño trabajo para una película que se comenzará a rodar en breve y en el guión una escena se desarrolla en el Zoo de Barcelona. Este lugar no es habitual en mi recorrido por la ciudad y este trabajo me ha dado la oportunidad de entrar en él. Guardaba vagos recuerdos de la última vez que había entrado en el zoo y estos no eran muy entusiastas para querer regresar, tenía catorce o quince años y acompañado de un pariente de la familia, al que llamábamos tío, me había llevado de aquí para allá enseñándome el máximo de animales posibles. Vi, sin tener conciencia real de lo que en aquella época representaba para la ciudad de Barcelona, a Copito de Nieve. El recuerdo se limita a un mono de espaldas anchas y claras, única parte de su anatomía y única visión que parece ser ofrecía a los visitantes, pero no tan blanca como aparece en las fotos que lo representan, supongo que por la suciedad que la cubría de tumbarse y revolcarse por el suelo, inmóvil. El otro recuerdo que descubro en mi interior guarda un sentimiento de asombro al descubrir, inmóvil, al sol en medió del césped, una enorme tortuga. No sé la razón verdadera del asombro pero quizás nunca había imaginado que una tortuga pudiera ser grande. No tengo ningún recuerdo más de aquella visita.
Pero volviendo a hoy. El Zoo ese recinto tan publicitado en autobuses y rincones varios de la ciudad, como espacio lúdico de enorme interés para ser visitado, me ha parecido, después de observar los animales que lo habitan, un lugar triste casi claustrofóbico. Allí los unicos que parecían felices eran los Pavos rReales y los niños. Y me ha extrañado, al ver el entusiasmo y el griterío con que los niños de las escuelas celebraban el descubrimiento de los animales allí encerrados, y como la tristeza y la desolación que yo veía en aquellos animales, tan inmóviles todos, no se contagiaba a los visitantes. Ver al rinoceronte, un animal de más de tres metros de largo y más de mil kilos de peso, dormitando la cara apoyada en el suelo, encerrado en un espacio limitado a escasos cuatrocientos metros cuadrados con un barrizal incluido de cuatro metros por cuatro metros. Ver que dos hipopótamos, de tamaño similar al del rinoceronte, han de compartir una bañera de seis por dos metros en un recinto de ¿doscientos metros cuadrados? O ver que un león y cuatro leonas deben compartir un estrecho espacio, de unos quinientos metros cuadrados. Todo ello me ha parecido sumamente alejado del modo de vida que tienen todos los animales en libertad, como también pienso que exponerlos de un modo tan antinatural, no inculca en los visitantes unos valores de respeto y consideración hacia los animales que pienso yo debería ofrecerles. Un mal ejemplo para nuestras generaciones venideras. Puesto que lo más llamativo dentro de la exposición de animales vivos, no es precisamente sus cualidades o sus modos de vida, sino una demostración del poder y del dominio que el ser humano ha ejercido sobre dichos seres, reduciéndolos de su natural salvajismo al de meros objetos inanimados, simple representación física en carne y huesos.
El recinto del zoo guarda el espíritu de museo decimonónico, alimentado con la mentalidad de aquella época en la que la palabra animal era sinónimo de insensible, razón que justifica su dominación y por consiguiente la suposición de que el animal se acostumbrará sin dificultad a toda incomodidad.
La verdad es que si siguiese el dictado de mis sentimientos personales, pediría, con estas líneas, simple y llanamente la desaparición del zoo, porque personalmente creo que el mejor lugar para los animales es el propio hábitat natural, con el consiguiente respeto hacía ese derecho propio de vivir y morir en él. Pero reconozco que tanto el zoo de Barcelona como los que pueden existir en otras ciudades del mundo cumplen un pequeño rol social que se ha de reconocer. Proporcionan una labor educativa a estudiantes e investigadores, y acerca la fauna de nuestro planeta a los individuos de nuestras ciudades, siempre rodeados de paredes, caminos asfaltados y objetos sintéticos y mecánicos, ofreciéndoles, con su infraestructura, un lugar particular donde relajarse. También considero que la existencia de un zoo en una ciudad, gracias a la vegetación que lo cubre, ofrece a ésta un espacio libre de construcciones inertes y un pulmón de aire puro. Sin embargo en una ciudad tan ultramoderna como presume serlo Barcelona capital, no creo que sea digno mantener un espacio de características tan inadecuadas. Por ello pienso que para salvaguardar el bienestar mental de nuestra sociedad el zoo debe cambiar de formato. Pienso que para que lleve a cabo una labor educativa adecuada a nuestros tiempos y ofrecer una visión esperanzadora a nuestras generaciones futuras, el zoo debería abandonar ese espacio tan restringido que posee dentro de la ciudad y crearse uno nuevo donde, para el mismo numero de inquilinos animales, pueda triplicarse o cuadriplicarse su superficie, para poder ofrecer tanto a los animales como a las personas un espacio lúdico, alegre y vital.
JMJ
Pero volviendo a hoy. El Zoo ese recinto tan publicitado en autobuses y rincones varios de la ciudad, como espacio lúdico de enorme interés para ser visitado, me ha parecido, después de observar los animales que lo habitan, un lugar triste casi claustrofóbico. Allí los unicos que parecían felices eran los Pavos rReales y los niños. Y me ha extrañado, al ver el entusiasmo y el griterío con que los niños de las escuelas celebraban el descubrimiento de los animales allí encerrados, y como la tristeza y la desolación que yo veía en aquellos animales, tan inmóviles todos, no se contagiaba a los visitantes. Ver al rinoceronte, un animal de más de tres metros de largo y más de mil kilos de peso, dormitando la cara apoyada en el suelo, encerrado en un espacio limitado a escasos cuatrocientos metros cuadrados con un barrizal incluido de cuatro metros por cuatro metros. Ver que dos hipopótamos, de tamaño similar al del rinoceronte, han de compartir una bañera de seis por dos metros en un recinto de ¿doscientos metros cuadrados? O ver que un león y cuatro leonas deben compartir un estrecho espacio, de unos quinientos metros cuadrados. Todo ello me ha parecido sumamente alejado del modo de vida que tienen todos los animales en libertad, como también pienso que exponerlos de un modo tan antinatural, no inculca en los visitantes unos valores de respeto y consideración hacia los animales que pienso yo debería ofrecerles. Un mal ejemplo para nuestras generaciones venideras. Puesto que lo más llamativo dentro de la exposición de animales vivos, no es precisamente sus cualidades o sus modos de vida, sino una demostración del poder y del dominio que el ser humano ha ejercido sobre dichos seres, reduciéndolos de su natural salvajismo al de meros objetos inanimados, simple representación física en carne y huesos.
El recinto del zoo guarda el espíritu de museo decimonónico, alimentado con la mentalidad de aquella época en la que la palabra animal era sinónimo de insensible, razón que justifica su dominación y por consiguiente la suposición de que el animal se acostumbrará sin dificultad a toda incomodidad.
La verdad es que si siguiese el dictado de mis sentimientos personales, pediría, con estas líneas, simple y llanamente la desaparición del zoo, porque personalmente creo que el mejor lugar para los animales es el propio hábitat natural, con el consiguiente respeto hacía ese derecho propio de vivir y morir en él. Pero reconozco que tanto el zoo de Barcelona como los que pueden existir en otras ciudades del mundo cumplen un pequeño rol social que se ha de reconocer. Proporcionan una labor educativa a estudiantes e investigadores, y acerca la fauna de nuestro planeta a los individuos de nuestras ciudades, siempre rodeados de paredes, caminos asfaltados y objetos sintéticos y mecánicos, ofreciéndoles, con su infraestructura, un lugar particular donde relajarse. También considero que la existencia de un zoo en una ciudad, gracias a la vegetación que lo cubre, ofrece a ésta un espacio libre de construcciones inertes y un pulmón de aire puro. Sin embargo en una ciudad tan ultramoderna como presume serlo Barcelona capital, no creo que sea digno mantener un espacio de características tan inadecuadas. Por ello pienso que para salvaguardar el bienestar mental de nuestra sociedad el zoo debe cambiar de formato. Pienso que para que lleve a cabo una labor educativa adecuada a nuestros tiempos y ofrecer una visión esperanzadora a nuestras generaciones futuras, el zoo debería abandonar ese espacio tan restringido que posee dentro de la ciudad y crearse uno nuevo donde, para el mismo numero de inquilinos animales, pueda triplicarse o cuadriplicarse su superficie, para poder ofrecer tanto a los animales como a las personas un espacio lúdico, alegre y vital.
JMJ
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