jueves, 3 de junio de 2010

TERROR




¡SI! Estoy encolerizado contra una nueva demostración de impunidad por parte de IsRRael.
(Las dos R ligan con el titulo de mi artículo de opinión)

Las relaciones internacionales “obligan” a no condenar a un país soberano, amigo (Casi seguro que los enemigos tampoco lo harían, si ello no les daría la relevancia que buscan)
¿A nadie le importa como acabará tanta demostración de soberbia?
A nadie le importa.
¿A nadie le importa que los derechos de los Israelíes, pateen los derechos de los Palestinos?
A nadie le importa.
¿A nadie le importa que el mundo árabe se sienta ofendido, humillado, aniquilado?
A nadie le importa.
¿A nadie le importa que la condición de "superioridad" del ser humano, dentro de las especies, sea reducida a un mero dato científico sin importancia?
A nadie le importa.
¿A nadie le importa que millones de personas vayan a sufrir, quizás desaparecer, en el futuro sin obtener nada a cambio, ni tan siquiera una petición de perdón?
A nadie le importa.

Y así podría seguir, hasta que el polvo haga chirriar la última articulación ósea, hasta que se oscurezca la ultima estrella del universo, hasta que las lágrimas no humedezcan más la mejilla donde pueda florezcer la esperanza.



JMJ

3 de Junio de 2010

jueves, 27 de mayo de 2010

LOS OJOS CANSADOS

Detalle del ultimo trabajo que he realizado para una película
Acabo de hablar con un amigo que ha estado en la selva durante cuatro largos meses. Organizó su viaje buscando participar, de forma desinteresada, en un proyecto de recuperación de “animales salvajes”. Animales desvalidos de nuestro tiempo, la mayoría desubicados por las necesidades y el poder del ser humano. Irse a un país donde poder ayudar en lo que sea necesario es una cosa que suele hacer a menudo mi amigo, una o dos veces al año. Es una de esas almas altruistas, inquietas por el futuro de nuestro maltrecho planeta, deseoso de paliar un poco el sufrimiento moral que le inflige, muchas veces por mero “run-run” de la cotidianeidad de la vida, nuestra malhumorada y despechada civilización. Una de esas personas necesarias a nuestras futuras generaciones, inmersas sin quererlo en una sociedad sujeta a la inmediatez del éxito.

Pero me ha dicho que había vuelto cansado, decepcionado, incluso confundido, con la sensación de que las buenas intenciones no han sido suficientes para conseguir el objetivo que al comienzo de su aventura había previsto. Al decirme esto pienso en el tipo de persona que es. No es un hombre solitario, es un ser sociable que se relaciona bien con sus vecinos, tiene amigos, tampoco es una persona que busque objetivos inalcanzables de utópicas libertades de eterno adolescente. Casado, tiene una profesión que ama y aunque esta sea liberal, es decir no le exige una atención permanente los 365 días del año, le proporciona la sensatez necesaria para tener los pies en el suelo. La decisión de sus viajes los toma conjuntamente con su mujer y los realizan juntos. Intuyo que si no consiguió el objetivo deseado, es porque éste debía de pertenecer más a otro mundo que a éste, porque de otro modo pocos son los retos de este mundo que no podría acometer un hombre activo y positivo como él. Deambulamos juntos por los pasillos del supermercado en el que por casualidad nos hemos encontrado mientras llenamos los carritos de comida envasada.

Me habla de la reserva, donde habían decidido, prestar sus servicios. Propiedad de alguien con dinero y cierta conciencia ecológica, que había comprado un pedazo de la selva de Centroamérica para salvar los árboles y la fauna que en ella habita, de la avaricia de las motosierras y las multinacionales que van arrasando los bosques y selvas de nuestro planeta. Dice, era, porque, desde el comienzo de su creación, la reserva parece que tenia fecha de caducidad, una de esas iniciativas privadas con más intereses económicos que sociales, y al decirlo su voz se tiñe de cierta emoción y añoranza. Ahora mismo no sé si la emoción nace de la sensación de alguien que ha perdido algo importante en su vida, o si es por lo que moralmente puede suponer esa desaparición para el conjunto de nuestro mundo y nuestras especies, una nueva derrota. Lo miro de frente y descubro en su cara redonda una mirada cansada. Además, sigue explicándome, según fue pasando el tiempo surgieron los problemas físicos derivados del clima tan húmedo que reina en la selva, y que en él se tradujeron en un constante dolor de las articulaciones, que lo dejaba muy a menudo agotado. Finalmente me confiesa, una mona que estaba entre los animales en recuperación sirvió involuntariamente de catalizador para el resto de la estancia. Sin quererlo descubrí lo difícil que puede ser la convivencia entre humanos, con la interposición de animales enfermos y dañados, dice, las situaciones que se vivieron en la relación con la mona, entre los responsables del centro y mi forma de entender esta relación, fueron bastante desagradables y las viví bastante mal. Así, pasados cuatro meses, y aunque nuestra primera intención había sido de quedarnos más tiempo, harto ya de tanto sufrimiento físico y moral decidí que ya era tiempo de regresar a mi hábitat natural, la civilización.

Os lo explico como él me lo explicó a mí, porque me pareció una extraordinaria aventura. Una aventura donde el héroe parece que regresó derrotado, pero creo que la realidad siempre nos deja más cadáveres de héroes derrotados y villanos victoriosos que al revés. Ya en mi camino de regreso a casa, reflexionando sobre lo que me había contado mi amigo, mi cabeza no paraba de darle vueltas a una pregunta ¿Que mueve a ciertas personas a embarcase incondicionalmente en aventuras altruistas? ¿Quizás la generosidad? ¿El deseo de ponerse a prueba frente a grandes y heroicos retos?


JMJ
27 de Mayo de 2010

martes, 25 de mayo de 2010

EL ZOO DE BARCELONA


Acabo de terminar un pequeño trabajo para una película que se comenzará a rodar en breve y en el guión una escena se desarrolla en el Zoo de Barcelona. Este lugar no es habitual en mi recorrido por la ciudad y este trabajo me ha dado la oportunidad de entrar en él. Guardaba vagos recuerdos de la última vez que había entrado en el zoo y estos no eran muy entusiastas para querer regresar, tenía catorce o quince años y acompañado de un pariente de la familia, al que llamábamos tío, me había llevado de aquí para allá enseñándome el máximo de animales posibles. Vi, sin tener conciencia real de lo que en aquella época representaba para la ciudad de Barcelona, a Copito de Nieve. El recuerdo se limita a un mono de espaldas anchas y claras, única parte de su anatomía y única visión que parece ser ofrecía a los visitantes, pero no tan blanca como aparece en las fotos que lo representan, supongo que por la suciedad que la cubría de tumbarse y revolcarse por el suelo, inmóvil. El otro recuerdo que descubro en mi interior guarda un sentimiento de asombro al descubrir, inmóvil, al sol en medió del césped, una enorme tortuga. No sé la razón verdadera del asombro pero quizás nunca había imaginado que una tortuga pudiera ser grande. No tengo ningún recuerdo más de aquella visita.

Pero volviendo a hoy. El Zoo ese recinto tan publicitado en autobuses y rincones varios de la ciudad, como espacio lúdico de enorme interés para ser visitado, me ha parecido, después de observar los animales que lo habitan, un lugar triste casi claustrofóbico. Allí los unicos que parecían felices eran los Pavos rReales y los niños. Y me ha extrañado, al ver el entusiasmo y el griterío con que los niños de las escuelas celebraban el descubrimiento de los animales allí encerrados, y como la tristeza y la desolación que yo veía en aquellos animales, tan inmóviles todos, no se contagiaba a los visitantes. Ver al rinoceronte, un animal de más de tres metros de largo y más de mil kilos de peso, dormitando la cara apoyada en el suelo, encerrado en un espacio limitado a escasos cuatrocientos metros cuadrados con un barrizal incluido de cuatro metros por cuatro metros. Ver que dos hipopótamos, de tamaño similar al del rinoceronte, han de compartir una bañera de seis por dos metros en un recinto de ¿doscientos metros cuadrados? O ver que un león y cuatro leonas deben compartir un estrecho espacio, de unos quinientos metros cuadrados. Todo ello me ha parecido sumamente alejado del modo de vida que tienen todos los animales en libertad, como también pienso que exponerlos de un modo tan antinatural, no inculca en los visitantes unos valores de respeto y consideración hacia los animales que pienso yo debería ofrecerles. Un mal ejemplo para nuestras generaciones venideras. Puesto que lo más llamativo dentro de la exposición de animales vivos, no es precisamente sus cualidades o sus modos de vida, sino una demostración del poder y del dominio que el ser humano ha ejercido sobre dichos seres, reduciéndolos de su natural salvajismo al de meros objetos inanimados, simple representación física en carne y huesos.

El recinto del zoo guarda el espíritu de museo decimonónico, alimentado con la mentalidad de aquella época en la que la palabra animal era sinónimo de insensible, razón que justifica su dominación y por consiguiente la suposición de que el animal se acostumbrará sin dificultad a toda incomodidad.

La verdad es que si siguiese el dictado de mis sentimientos personales, pediría, con estas líneas, simple y llanamente la desaparición del zoo, porque personalmente creo que el mejor lugar para los animales es el propio hábitat natural, con el consiguiente respeto hacía ese derecho propio de vivir y morir en él. Pero reconozco que tanto el zoo de Barcelona como los que pueden existir en otras ciudades del mundo cumplen un pequeño rol social que se ha de reconocer. Proporcionan una labor educativa a estudiantes e investigadores, y acerca la fauna de nuestro planeta a los individuos de nuestras ciudades, siempre rodeados de paredes, caminos asfaltados y objetos sintéticos y mecánicos, ofreciéndoles, con su infraestructura, un lugar particular donde relajarse. También considero que la existencia de un zoo en una ciudad, gracias a la vegetación que lo cubre, ofrece a ésta un espacio libre de construcciones inertes y un pulmón de aire puro. Sin embargo en una ciudad tan ultramoderna como presume serlo Barcelona capital, no creo que sea digno mantener un espacio de características tan inadecuadas. Por ello pienso que para salvaguardar el bienestar mental de nuestra sociedad el zoo debe cambiar de formato. Pienso que para que lleve a cabo una labor educativa adecuada a nuestros tiempos y ofrecer una visión esperanzadora a nuestras generaciones futuras, el zoo debería abandonar ese espacio tan restringido que posee dentro de la ciudad y crearse uno nuevo donde, para el mismo numero de inquilinos animales, pueda triplicarse o cuadriplicarse su superficie, para poder ofrecer tanto a los animales como a las personas un espacio lúdico, alegre y vital.



JMJ

martes, 13 de abril de 2010

EGUNKARIA ASKATU DA



Ojalá que la libertad tenga, aún, alguna oportunidad.

La libertad a pensar diferente, la libertad a expresarse diferente, la libertad a hablar diferente (aunque sea dentro del conjunto de una nación diferente), la libertad de pedir lo que deseamos ardientemente (aunque no guste a los demás), la libertad de escribir diferente, y que por todo ello no te atropellen con la intransigente bandera de la igualdad de expresión.

Hoy nos podemos felicitar porque un periódico diferente, al que habían tachado de delincuente ha sido declarado inocente de todos los cargos que se le acusaban, demostrando la mala fe de quienes habían promovido, dado crédito y finalmente ejecutado la sentencia de una denuncia basada únicamente en la coincidencia (idioma, lugar, deseos de libertad compartidos con personas e ideologías parecidas). Desgraciadamente no es la primera vez que ocurre eso en Euskadi. Desgraciadamente también, la sentencia no tiene potestad de recuperar el tiempo que se ha hecho perder a un grupo de personas, trabajadores de una profesión digna y necesaria en cualquier país democrático. Ni tampoco servirá para que las personas que tan injustamente procedieron, en contra de un medio de comunicación libre dentro de una comunidad libre, se retracten moralmente y de una forma profunda, de lo erróneo de su manera de actuar y de pensar. Ni tampoco servirá para poner en cuestión una ley injusta y anticonstitucional que ha servido de caldo de cultivo para los citados hechos y que prevalece.

Ojalá que no se repita y que esta sentencia permita reconocer en lo sucesivo, que ningún medio de comunicación, por muy contrario que sea al régimen y las instituciones del poder establecido, debe de ser maniatado ni amordazado. Todos somos capaces, y debe de ser reconocida nuestra capacidad, de poder informarnos en libertad y del modo y medio que creamos conveniente.

JMJ
13 de Abril del 2010

lunes, 22 de marzo de 2010


Hace varios meses que no cojo este blog para escribir algo y hoy leyendo un artículo de un periódico que compré varios días atrás me han venido ganas de volver al tajo. Si, soy de los que compran periódicos y cuando han pasado varias semanas, quizás meses, al encontrarlos cubriendo el suelo mojado de la fregona me estiro en el suelo y... hala! a leer, descubriendo joyas que se me escaparon en su día.

El artículo en cuestión es de Gemma Lienas, se titula Nuestros cerebros sociales y lo publicó en el País del 27 de Febrero de este mismo año. En él habla de un tema que me encanta, por un lado, y que toca al hecho de que yo, un día, decidí abrir un blog en Internet, por otro. Esta circunstancia me ha dado inmediatamente ganas de ponerme a escribir. Estaba leyendo el artículo con gran atención y ni tan siquiera lo he terminado, porque de repente una frase ha hecho “tilt” en mi cerebro. En realidad no sé si ha sido una frase, quizás haya sido todo el párrafo que la contenía o quizás tan solo han sido dos palabras que se encuentran contenidas en la frase, evolución cultural, y que al cerrar el párrafo, me han transformado en una practica demostración activa de la idea que se desarrollaba en ese párrafo. Yo y en mi, mis neuronas cerebrales, han, he ido evolucionando a medida que mi vista avanzaba palabra a palabra, de frase en frase, hasta provocar en mi interior, porque solo si las palabras las ideas o los actos provocan una reacción en quien los recibe acometen su objetivo, un estado de excitación que solo podía calmarse desarrollándolo y liberándolo, hecho que se concreta con esta explosión de palabras.

Habla Gemma Lienas del progreso y del avance que pueden proporcionarnos intelectualmente las nuevas tecnologías, para ello pone en el mismo renglón la libre circulación de ideas como el elemento clave para facilitar este progreso. No es que lo que plantea el artículo en cuestión sea para mí un descubrimiento, me gusta dar vueltas a temas existencialistas dentro de mi cabecita y este es uno de ellos, ya que creo que la observación y la reflexión pueden ser la salud para nuestro espíritu, y aunque no soy un incondicional de las nuevas tecnologías, tampoco las considero totalmente perjudiciales para nuestro desarrollo social, aunque siempre pondré en duda si son tan absolutamente necesarias.

Dice G. Lienas que el hombre es el único ser vivo que puede realizar su transformación a partir del aprendizaje, es decir la observación, la interiorización de esa observación y la comunicación de lo observado a sus semejantes. Pero todo aprendizaje debe llevar consigo la voluntad de utilizar estos recursos, para que al tiempo que transforma su nuevo yo surgido de dicho aprendizaje también lo haga su futuro dentro de la sociedad a la que pertenece. En resumidas cuentas nuestro cerebro, gracias a su relación social con el resto de individuos de su propia especie, nos ayuda a dirigir la evolución que queremos para nuestra descendencia y por lo tanto de la especie.

Un recorrido muy complicado, bello (sentimiento romántico y por naturaleza optimista) pero que desgraciadamente no sirve (del verbo servir) de la misma manera, al proceso de creación del pensamiento y del ideal en todos los seres humanos. Gemma Lienas menciona que los animales evolucionan genéticamente de accidente en accidente, para contraponerlo al sistema evolutivo humano, fruto de la transmisión intelectual y dialéctica de sus experiencias. Pero no debemos olvidar que nuestra condición de ser humano, surge también de ese accidente. Tras ese instante inconcreto, y solamente durante un tiempo (cerca de dos millones de años de prehistoria) su búsqueda evolutiva, de una manera más o menos consciente se centró en el conocimiento de su “espíritu”, tiempo en el que sus pequeños logros internos le llevaron a ponerse derecho, arrastrados quizás por una necesidad de encontrar la razón que les hizo ser conscientes de su existencia. Pero una vez afianzado en esa posición erguida, descubrió que dentro de si mismo residía un poder inmenso que podía utilizar a su antojo gracias a la única parte de si mismo que no puede controlar totalmente, su cerebro. Unido este descubrimiento a sus descubrimientos manuales obtuvo un nuevo poder, que hoy se traduce en lo que hoy llamamos avance tecnológico y con el que encontró unos resultados prácticos inmediatos y seguramente placenteros. Creo que en ese momento, decidió seguir el camino del desarrollo tecnologico, con más ahínco que aquel del perfeccionamiento interno (¿debiera de decir humano o intelectual?), por el que había caminado hasta entonces y en el que los resultados siempre eran lentos y siempre dudosos. Así, y a tenor del camino recorrido por los grupos sociales que nos precedieron haciéndonos evolucionar hacia el hombre nuevo y moderno de hoy, comenzó a utilizar su capacidad de aprendizaje para conseguir la propia satisfacción personal. Un tiempo, una era de la que ya llevamos más de diez mil años y ahí nos hemos quedado. Evolucionamos tecnológicamente, científicamente, pero parece ser que esta evolución alimenta cada vez más los deseos de obtener logros personales instantáneos, sin valorar si aquello que nos satisface y nos beneficia a nosotros (individuo y único dentro del grupo) puede beneficiar al resto de la especie.

La verdad es que desde que he comenzado a escribir estas líneas mi única pretensión era adherir a la idea que Gemma Lienas planteaba y acabar mi reflexión denunciando la imperfección del razonamiento del aprendizaje como premisa mayor dentro de la teoría de la evolución, incidiendo en el hecho de que dentro de la compleja condición de nuestros cerebros sociales, se complementan dos formas de análisis que al origen están disociados entre si, civilizado y político, y como, ellos, a pesar de encontrarse sujetos a las leyes de la evolución humana no impiden y a veces facilitan, la existencia, aún, de mentes totalitarias e intransigentes que solamente apuestan por la fuerza impositiva para conseguir sus réditos dentro de la sociedad. Hablo de los que imponen no de los que se defienden de esas imposiciones.

Pero claro, desde que he comenzado estas líneas he tenido tiempo y la voluntad de terminar de leer el artículo, y oh inocente de mi el camino por el que Gemma Lienas se lanza (evidentemente la mente humana es rica en matices) es el de la propiedad intelectual de “las ideas” para defender los derechos de autor del creador, con Internet como terreno de adobo... No se, pero a mi me parece que hacer un panegírico de la grandeza del aprendizaje y de la comunicación para terminar justificando con ello el derecho a cobrar unos derechos de autor, por una idea o una creación, ¿no pone en evidencia lo que yo comentaba unas líneas más arriba, que en el nuevo ser humano, la preocupación y el deseo del “profit” personal, ocupa un lugar superior sobre la necesidad del interés social? ... ...

JMG