Hace varios meses que no cojo este blog para escribir algo y hoy leyendo un artículo de un periódico que compré varios días atrás me han venido ganas de volver al tajo. Si, soy de los que compran periódicos y cuando han pasado varias semanas, quizás meses, al encontrarlos cubriendo el suelo mojado de la fregona me estiro en el suelo y... hala! a leer, descubriendo joyas que se me escaparon en su día.
El artículo en cuestión es de Gemma Lienas, se titula Nuestros cerebros sociales y lo publicó en el País del 27 de Febrero de este mismo año. En él habla de un tema que me encanta, por un lado, y que toca al hecho de que yo, un día, decidí abrir un blog en Internet, por otro. Esta circunstancia me ha dado inmediatamente ganas de ponerme a escribir. Estaba leyendo el artículo con gran atención y ni tan siquiera lo he terminado, porque de repente una frase ha hecho “tilt” en mi cerebro. En realidad no sé si ha sido una frase, quizás haya sido todo el párrafo que la contenía o quizás tan solo han sido dos palabras que se encuentran contenidas en la frase, evolución cultural, y que al cerrar el párrafo, me han transformado en una practica demostración activa de la idea que se desarrollaba en ese párrafo. Yo y en mi, mis neuronas cerebrales, han, he ido evolucionando a medida que mi vista avanzaba palabra a palabra, de frase en frase, hasta provocar en mi interior, porque solo si las palabras las ideas o los actos provocan una reacción en quien los recibe acometen su objetivo, un estado de excitación que solo podía calmarse desarrollándolo y liberándolo, hecho que se concreta con esta explosión de palabras.
Habla Gemma Lienas del progreso y del avance que pueden proporcionarnos intelectualmente las nuevas tecnologías, para ello pone en el mismo renglón la libre circulación de ideas como el elemento clave para facilitar este progreso. No es que lo que plantea el artículo en cuestión sea para mí un descubrimiento, me gusta dar vueltas a temas existencialistas dentro de mi cabecita y este es uno de ellos, ya que creo que la observación y la reflexión pueden ser la salud para nuestro espíritu, y aunque no soy un incondicional de las nuevas tecnologías, tampoco las considero totalmente perjudiciales para nuestro desarrollo social, aunque siempre pondré en duda si son tan absolutamente necesarias.
Dice G. Lienas que el hombre es el único ser vivo que puede realizar su transformación a partir del aprendizaje, es decir la observación, la interiorización de esa observación y la comunicación de lo observado a sus semejantes. Pero todo aprendizaje debe llevar consigo la voluntad de utilizar estos recursos, para que al tiempo que transforma su nuevo yo surgido de dicho aprendizaje también lo haga su futuro dentro de la sociedad a la que pertenece. En resumidas cuentas nuestro cerebro, gracias a su relación social con el resto de individuos de su propia especie, nos ayuda a dirigir la evolución que queremos para nuestra descendencia y por lo tanto de la especie.
Un recorrido muy complicado, bello (sentimiento romántico y por naturaleza optimista) pero que desgraciadamente no sirve (del verbo servir) de la misma manera, al proceso de creación del pensamiento y del ideal en todos los seres humanos. Gemma Lienas menciona que los animales evolucionan genéticamente de accidente en accidente, para contraponerlo al sistema evolutivo humano, fruto de la transmisión intelectual y dialéctica de sus experiencias. Pero no debemos olvidar que nuestra condición de ser humano, surge también de ese accidente. Tras ese instante inconcreto, y solamente durante un tiempo (cerca de dos millones de años de prehistoria) su búsqueda evolutiva, de una manera más o menos consciente se centró en el conocimiento de su “espíritu”, tiempo en el que sus pequeños logros internos le llevaron a ponerse derecho, arrastrados quizás por una necesidad de encontrar la razón que les hizo ser conscientes de su existencia. Pero una vez afianzado en esa posición erguida, descubrió que dentro de si mismo residía un poder inmenso que podía utilizar a su antojo gracias a la única parte de si mismo que no puede controlar totalmente, su cerebro. Unido este descubrimiento a sus descubrimientos manuales obtuvo un nuevo poder, que hoy se traduce en lo que hoy llamamos avance tecnológico y con el que encontró unos resultados prácticos inmediatos y seguramente placenteros. Creo que en ese momento, decidió seguir el camino del desarrollo tecnologico, con más ahínco que aquel del perfeccionamiento interno (¿debiera de decir humano o intelectual?), por el que había caminado hasta entonces y en el que los resultados siempre eran lentos y siempre dudosos. Así, y a tenor del camino recorrido por los grupos sociales que nos precedieron haciéndonos evolucionar hacia el hombre nuevo y moderno de hoy, comenzó a utilizar su capacidad de aprendizaje para conseguir la propia satisfacción personal. Un tiempo, una era de la que ya llevamos más de diez mil años y ahí nos hemos quedado. Evolucionamos tecnológicamente, científicamente, pero parece ser que esta evolución alimenta cada vez más los deseos de obtener logros personales instantáneos, sin valorar si aquello que nos satisface y nos beneficia a nosotros (individuo y único dentro del grupo) puede beneficiar al resto de la especie.
La verdad es que desde que he comenzado a escribir estas líneas mi única pretensión era adherir a la idea que Gemma Lienas planteaba y acabar mi reflexión denunciando la imperfección del razonamiento del aprendizaje como premisa mayor dentro de la teoría de la evolución, incidiendo en el hecho de que dentro de la compleja condición de nuestros cerebros sociales, se complementan dos formas de análisis que al origen están disociados entre si, civilizado y político, y como, ellos, a pesar de encontrarse sujetos a las leyes de la evolución humana no impiden y a veces facilitan, la existencia, aún, de mentes totalitarias e intransigentes que solamente apuestan por la fuerza impositiva para conseguir sus réditos dentro de la sociedad. Hablo de los que imponen no de los que se defienden de esas imposiciones.
Pero claro, desde que he comenzado estas líneas he tenido tiempo y la voluntad de terminar de leer el artículo, y oh inocente de mi el camino por el que Gemma Lienas se lanza (evidentemente la mente humana es rica en matices) es el de la propiedad intelectual de “las ideas” para defender los derechos de autor del creador, con Internet como terreno de adobo... No se, pero a mi me parece que hacer un panegírico de la grandeza del aprendizaje y de la comunicación para terminar justificando con ello el derecho a cobrar unos derechos de autor, por una idea o una creación, ¿no pone en evidencia lo que yo comentaba unas líneas más arriba, que en el nuevo ser humano, la preocupación y el deseo del “profit” personal, ocupa un lugar superior sobre la necesidad del interés social? ... ...
JMG
El artículo en cuestión es de Gemma Lienas, se titula Nuestros cerebros sociales y lo publicó en el País del 27 de Febrero de este mismo año. En él habla de un tema que me encanta, por un lado, y que toca al hecho de que yo, un día, decidí abrir un blog en Internet, por otro. Esta circunstancia me ha dado inmediatamente ganas de ponerme a escribir. Estaba leyendo el artículo con gran atención y ni tan siquiera lo he terminado, porque de repente una frase ha hecho “tilt” en mi cerebro. En realidad no sé si ha sido una frase, quizás haya sido todo el párrafo que la contenía o quizás tan solo han sido dos palabras que se encuentran contenidas en la frase, evolución cultural, y que al cerrar el párrafo, me han transformado en una practica demostración activa de la idea que se desarrollaba en ese párrafo. Yo y en mi, mis neuronas cerebrales, han, he ido evolucionando a medida que mi vista avanzaba palabra a palabra, de frase en frase, hasta provocar en mi interior, porque solo si las palabras las ideas o los actos provocan una reacción en quien los recibe acometen su objetivo, un estado de excitación que solo podía calmarse desarrollándolo y liberándolo, hecho que se concreta con esta explosión de palabras.
Habla Gemma Lienas del progreso y del avance que pueden proporcionarnos intelectualmente las nuevas tecnologías, para ello pone en el mismo renglón la libre circulación de ideas como el elemento clave para facilitar este progreso. No es que lo que plantea el artículo en cuestión sea para mí un descubrimiento, me gusta dar vueltas a temas existencialistas dentro de mi cabecita y este es uno de ellos, ya que creo que la observación y la reflexión pueden ser la salud para nuestro espíritu, y aunque no soy un incondicional de las nuevas tecnologías, tampoco las considero totalmente perjudiciales para nuestro desarrollo social, aunque siempre pondré en duda si son tan absolutamente necesarias.
Dice G. Lienas que el hombre es el único ser vivo que puede realizar su transformación a partir del aprendizaje, es decir la observación, la interiorización de esa observación y la comunicación de lo observado a sus semejantes. Pero todo aprendizaje debe llevar consigo la voluntad de utilizar estos recursos, para que al tiempo que transforma su nuevo yo surgido de dicho aprendizaje también lo haga su futuro dentro de la sociedad a la que pertenece. En resumidas cuentas nuestro cerebro, gracias a su relación social con el resto de individuos de su propia especie, nos ayuda a dirigir la evolución que queremos para nuestra descendencia y por lo tanto de la especie.
Un recorrido muy complicado, bello (sentimiento romántico y por naturaleza optimista) pero que desgraciadamente no sirve (del verbo servir) de la misma manera, al proceso de creación del pensamiento y del ideal en todos los seres humanos. Gemma Lienas menciona que los animales evolucionan genéticamente de accidente en accidente, para contraponerlo al sistema evolutivo humano, fruto de la transmisión intelectual y dialéctica de sus experiencias. Pero no debemos olvidar que nuestra condición de ser humano, surge también de ese accidente. Tras ese instante inconcreto, y solamente durante un tiempo (cerca de dos millones de años de prehistoria) su búsqueda evolutiva, de una manera más o menos consciente se centró en el conocimiento de su “espíritu”, tiempo en el que sus pequeños logros internos le llevaron a ponerse derecho, arrastrados quizás por una necesidad de encontrar la razón que les hizo ser conscientes de su existencia. Pero una vez afianzado en esa posición erguida, descubrió que dentro de si mismo residía un poder inmenso que podía utilizar a su antojo gracias a la única parte de si mismo que no puede controlar totalmente, su cerebro. Unido este descubrimiento a sus descubrimientos manuales obtuvo un nuevo poder, que hoy se traduce en lo que hoy llamamos avance tecnológico y con el que encontró unos resultados prácticos inmediatos y seguramente placenteros. Creo que en ese momento, decidió seguir el camino del desarrollo tecnologico, con más ahínco que aquel del perfeccionamiento interno (¿debiera de decir humano o intelectual?), por el que había caminado hasta entonces y en el que los resultados siempre eran lentos y siempre dudosos. Así, y a tenor del camino recorrido por los grupos sociales que nos precedieron haciéndonos evolucionar hacia el hombre nuevo y moderno de hoy, comenzó a utilizar su capacidad de aprendizaje para conseguir la propia satisfacción personal. Un tiempo, una era de la que ya llevamos más de diez mil años y ahí nos hemos quedado. Evolucionamos tecnológicamente, científicamente, pero parece ser que esta evolución alimenta cada vez más los deseos de obtener logros personales instantáneos, sin valorar si aquello que nos satisface y nos beneficia a nosotros (individuo y único dentro del grupo) puede beneficiar al resto de la especie.
La verdad es que desde que he comenzado a escribir estas líneas mi única pretensión era adherir a la idea que Gemma Lienas planteaba y acabar mi reflexión denunciando la imperfección del razonamiento del aprendizaje como premisa mayor dentro de la teoría de la evolución, incidiendo en el hecho de que dentro de la compleja condición de nuestros cerebros sociales, se complementan dos formas de análisis que al origen están disociados entre si, civilizado y político, y como, ellos, a pesar de encontrarse sujetos a las leyes de la evolución humana no impiden y a veces facilitan, la existencia, aún, de mentes totalitarias e intransigentes que solamente apuestan por la fuerza impositiva para conseguir sus réditos dentro de la sociedad. Hablo de los que imponen no de los que se defienden de esas imposiciones.
Pero claro, desde que he comenzado estas líneas he tenido tiempo y la voluntad de terminar de leer el artículo, y oh inocente de mi el camino por el que Gemma Lienas se lanza (evidentemente la mente humana es rica en matices) es el de la propiedad intelectual de “las ideas” para defender los derechos de autor del creador, con Internet como terreno de adobo... No se, pero a mi me parece que hacer un panegírico de la grandeza del aprendizaje y de la comunicación para terminar justificando con ello el derecho a cobrar unos derechos de autor, por una idea o una creación, ¿no pone en evidencia lo que yo comentaba unas líneas más arriba, que en el nuevo ser humano, la preocupación y el deseo del “profit” personal, ocupa un lugar superior sobre la necesidad del interés social? ... ...
JMG
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